por Ramiro Aznar Ballarín
Hace ya más de 50 años, Jane Jacobs proponía encontrar un punto de equilibrio entre la erosión de las grandes ciudades americanas producida por el coche y la reducción de sus efectos [1]. En Zuera, un pueblo pequeño de la geografía española, el primer proceso gana al segundo por goleada. De hecho, la “meteorización” de sus calles debido a los vehículos privados se produce por partida doble. En primer lugar por la disminución del tamaño de las aceras, en beneficio del espacio para el tráfico rodado. Proceso que recuerda a la erosión costera [2], donde el mar u océano pertinente va limando horizontalmente (único agente ambiental que actúa de este modo) las paredes rocosas de los acantilados adyacentes.
Reducción del tamaño de las aceras de la calle San Miguel. // Reduction of the sidewalk width at San Miguel Street. [photo by Ramiro Aznar Ballarín]
En segundo lugar y de forma complementaria al anterior fenómeno, el escaso espacio peatonal restante es limitado aún más por los innumerables badenes presentes en la localidad. Mientras que el primer proceso remitía al desgaste producido por el agua marina, en este caso se puede sacar una analogía en la dinámica playa-pedimento [2] la cual sufren las montañas de climas extremadamente secos. En este ambiente el agua debido a su ausencia “delega” su función a la gravedad y al viento, la primera provoca derrumbamientos y el segundo abrasión, como resultado tenemos zonas llanas salteadas de montes con glacis o pedimentos, los cuales presentan una elevadísima pendiente (ya que al no existir agua no puede nivelarla), formaciones que se parecen mucho a los citados badenes.
Multitud de badenes en las aceras de la Calle Conserans. // Several garage ramps on the sidewalks of Conserans Street. [photo by Ramiro Aznar Ballarín]
Por tanto la disminución del paisaje peatonal en este caso se debe tanto a la reducción de las aceras y la continua aparición de barreras arquitectónicas como los “dichosos” badenes o los coches aparcados junto al bordillo que limitan el poco espacio restante para caminar. La segregación del espacio dedicado a los vehículos motorizados y del espacio para el caminante ha provocado en parte que poco a poco el primero se ha “comido” al segundo, en las calles de Zuera los coches dominan a los peatones. No hay punto de equilibrio, hay tiranía sobre ruedas.
Mapa de la relación espacio peatonal y el perteneciente al tráfico rodado. Cuanto más verde una calle más espacio para caminar, cuanto más rojo más espacio para conducir. // Map of the ratio between pedestrian and traffic space. Green streets have more space for walking, while red streets have more surface for driving.
Aunque haya utilizado términos hidro-geomorfológicos para referirme a los dos procesos erosivos que se dan en nuestras calles, la dinámica de las calles zufarienses es principalmente hidráulica, lo que se englobaría en el llamado urbanismo hidráulico. Sin embargo, mi enfoque está basado más en un urbanismo más orgánico, y por tanto es en la hidrología donde poder hallar una posible respuesta. Los ríos son el resultado de la dinámica erosiva-sedimentaria de su caudal, tanto líquido como sólido. Los meandros, rápidos, islotes y demás componentes de ribera son manifestaciones locales de este balance ambiental, así cada uno de ellos es generado por las condiciones puntuales del entorno circundante. Nuestras calles, por tanto, deberían comportarse más como ríos o arroyos que como simples tuberías. Cada una de ellas debería adaptarse a las peculiaridades del ambiente urbano y llegar a un estado –el punto de equilibrio de Jane Jacobs- en el que las tensiones entre coches y viandantes se relajaran. En este sentido cada calle tendría un potencial que aprovechar.
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